Hoy resulta prácticamente imposible separar el nombre de Roger Federer de la relojería. Durante más de dos décadas, el tenista suizo se ha convertido en uno de los embajadores más reconocibles de Rolex y en una de las figuras deportivas que mejor ha representado la relación entre el tenis y la alta relojería. Su imagen con relojes de la famosa corona en la muñeca ha terminado formando parte del paisaje habitual del circuito, hasta el punto de que resulta difícil imaginar una etapa de su carrera sin Rolex.

Sin embargo, hubo una época en la que el nombre de Federer estaba ligado a otra firma suiza. Fue precisamente en los años en los que el joven tenista comenzaba a convertirse en la gran figura del tenis mundial, cuando Maurice Lacroix decidió apostar por él. En 2004, Federer acababa de conquistar el Australian Open, había alcanzado por primera vez el número 1 del mundo y empezaba a construir una hegemonía que cambiaría para siempre la historia del deporte. Para Maurice Lacroix, asociarse con aquel jugador de 22 años suponía mucho más que contratar a una estrella: significaba acompañar a un jóven en el momento exacto en el que estaba empezando a convertirse en leyenda.

La colaboración comenzó oficialmente en 2004 y terminó de mutuo acuerdo en 2006. Federer ganó 26 títulos durante ese periodo, incluidos cinco Grand Slams, y pasó de ser el nuevo número 1 del tenis a consolidarse como el jugador que dominaba el circuito con una autoridad pocas veces vista. Maurice Lacroix estuvo allí durante buena parte de esa transformación y, además de utilizar al tenista como embajador internacional, creó varios relojes especiales vinculados directamente a su nombre.

El momento perfecto para apostar por Federer
Cuando Maurice Lacroix anunció su acuerdo con Federer en 2004, el suizo no era todavía el icono global que conocemos hoy. Su primer Grand Slam había llegado apenas un año antes, en Wimbledon 2003, pero todo indicaba que algo extraordinario estaba ocurriendo. En enero de 2004 ganó el Australian Open y, poco después, alcanzó por primera vez el número 1 del ranking ATP. A partir de ahí comenzaría una de las etapas más dominantes que ha conocido el tenis profesional.
Maurice Lacroix encontró en aquel Federer una combinación especialmente atractiva. Era joven, suizo, elegante y extremadamente competitivo, pero todavía conservaba una imagen mucho más cercana y menos institucional que la que tendría años después. La marca buscaba crecer internacionalmente y el tenista representaba una oportunidad perfecta para hacerlo. La relojería y el tenis compartían, además, un lenguaje sencillo de entender: precisión, disciplina, control y una obsesión casi absoluta por los pequeños detalles.
La temporada 2004 confirmó que la apuesta tenía sentido. Federer terminó el año con 11 títulos y tres Grand Slams, después de conquistar el Australian Open, Wimbledon y el US Open. Su dominio fue tan contundente que terminó la temporada con 74 victorias y solamente seis derrotas. Para cuando llegó 2005, ya no era una promesa ni una nueva estrella: era el jugador que todos los demás tenían que intentar derrotar.

En 2005 volvió a conquistar 11 títulos y añadió otros dos Grand Slams a su colección, Wimbledon y el US Open. Ganó 81 partidos durante aquella temporada y perdió únicamente cuatro. Fue también durante estos años cuando la relación con Maurice Lacroix adquirió una dimensión especialmente interesante desde el punto de vista relojero, con diferentes modelos desarrollados alrededor de la figura del tenista.
Los relojes de Federer con Maurice Lacroix
Uno de los más conocidos fue el Masterpiece Crono Roger Federer, un cronógrafo automático que formaba parte de la colección más sofisticada de la marca. Federer llegó a elegir una versión del Crono para la final de Wimbledon de 2005, una imagen que resume perfectamente la relación entre el reloj y el deportista: mientras el suizo disputaba una de las finales más importantes del año, en su muñeca llevaba una pieza de la marca que había apostado por él desde el comienzo de su reinado.

El Crono era un cronógrafo automático certificado por el COSC, con una configuración pensada para combinar una estética deportiva con el refinamiento propio de la colección Masterpiece. No era simplemente un reloj con el nombre de Federer colocado sobre la esfera; representaba el intento de Maurice Lacroix de trasladar al producto los valores que el tenista estaba proyectando en las pistas.
La marca también creó el Pontos Small Seconds Roger Federer Special Edition, presentado en 2004. Con una caja de acero de 43 mm, cristal de zafiro y un movimiento de cuerda manual ETA 6497, el reloj tenía una personalidad diferente. La esfera incorporaba el nombre de Federer junto al pequeño segundero, convirtiendo la pieza en una edición claramente vinculada al campeón suizo.

A esta familia se sumó también el Miros Chronograph Roger Federer Special Edition, otra de las piezas que hoy pueden aparecer ocasionalmente en el mercado de segunda mano. Son relojes que han quedado inevitablemente eclipsados por los Rolex que acompañaron a Federer durante la mayor parte de su carrera, pero que para los coleccionistas tienen un atractivo especial precisamente porque pertenecen a una etapa mucho más concreta y menos conocida de su historia.

2006: el final de una etapa
La colaboración entre Federer y Maurice Lacroix había sido anunciada inicialmente como un acuerdo de varios años, pero ambas partes decidieron terminarla de mutuo acuerdo a finales de mayo de 2006. Para entonces, el tenista ya había cambiado de dimensión. Había comenzado aquella relación con 22 años y como número 1 recién estrenado, y la terminó con siete Grand Slams y una colección de títulos que no dejaba de crecer.
Incluso los últimos meses de la colaboración fueron extraordinarios. Federer comenzó 2006 conquistando Doha y el Australian Open, donde derrotó a Marcos Baghdatis en la final. Después llegaron Indian Wells y Miami, completando cuatro títulos antes de que terminara oficialmente su relación con Maurice Lacroix. En total, durante el periodo comprendido entre junio de 2004 y mayo de 2006, consiguió 26 títulos, cinco de ellos Grand Slams: Wimbledon y US Open en 2004, Wimbledon y US Open en 2005 y el Australian Open de 2006.
Antes de Rolex, estuvo Maurice Lacroix
Con el tiempo, la historia cambiaría. Federer terminaría convirtiéndose en uno de los grandes embajadores de Rolex y su relación con la firma ginebrina pasaría a formar parte de la propia identidad del tenista. Los Daytona, GMT-Master II y otros Rolex que ha llevado a lo largo de los años son hoy inseparables de su imagen pública.

Maurice Lacroix estuvo presente durante uno de los periodos más importantes de su carrera: aquel en el que pasó de ser el joven campeón de Wimbledon a convertirse en el número 1 indiscutible del mundo. Los relojes creados durante aquellos años quizá no tengan hoy la misma fama que los Rolex asociados a Federer, pero precisamente por eso conservan algo especial. Son objetos que pertenecen a un momento muy concreto de la historia del tenis y de la relojería, cuando una marca suiza decidió poner su nombre junto al de un jugador que todavía no había ganado los 20 Grand Slams que acabaría conquistando.