Por @tuchrono
El otro día me metí en una boutique de Omega. No a comprar, obviamente, que uno tiene hipoteca. Entré a mirar, que es lo que hacemos los tiesos, y en cuanto el dependiente me vio acercarme al Speedmaster soltó la frase. Esa frase. “El reloj que llegó a la Luna.”
La ha dicho tanta gente, tantas veces, que ya nadie se molesta en comprobarla. Y eso me saca de quicio, porque resulta que es verdad a medias, que es la peor categoría de verdad que existe.
Retrocedamos a 1963. Termina el programa Mercury, los astronautas vuelven a casa y le piden a Deke Slayton un reloj de confianza por si los cronómetros digitales de la nave deciden morirse en mitad de la nada. Slayton convoca un concurso en 1964. Se presentan cuatro marcas. Cuatro. Para equipar a los hombres que iban a salir de la atmósfera terrestre. Hoy hay más candidatos para patrocinar un torneo de pádel de barrio.
Y aquí viene lo que ninguna boutique del planeta va a contaros jamás: Bulova ya estaba allí. Llevaba desde 1958 suministrando cronómetros a la NASA para el proyecto Vanguard, o sea, seis años antes de que alguien convocara nada. Su Accutron, con su diapasón eléctrico, era más preciso que cualquier reloj mecánico del mercado y, encima, no dependía de aceites que pudieran congelarse en el vacío. Sobre el papel era el candidato perfecto. Tan perfecto que varios astronautas se lo habían comprado por su cuenta y lo llevaban puesto sin que nadie se lo pidiera: Gordon Cooper con su Accutron Astronaut GMT, Wally Schirra igual, la tripulación del Gemini III también.

Traducido: Bulova llegó antes, llegó con mejor tecnología y llegó con los usuarios ya convencidos. Y perdió igual. Que es más o menos como empezar un partido ganando 3-0 y acabar en segunda división.
¿Cómo se pierde algo así? Con un ingeniero llamado James Ragan y un régimen de torturas que haría llorar a un abogado de derechos humanos. Calor extremo, vacío, vibraciones, choques, humedad, campos magnéticos. La pregunta de Ragan no era cuál da mejor la hora. Era cuál sigue existiendo al final del día. El Speedmaster no salió ileso – el luminiscente se le degradó con el calor y se aceleró con las vibraciones – pero no se paró. Fue el único de los cuatro que terminó el examen de una pieza, y el 1 de marzo de 1965 la NASA lo certificó como el único apto para misiones tripuladas, paseos espaciales incluidos.

Y aquí está el detalle que me parece delicioso, porque no tiene nada que ver con marketing y todo que ver con sentido común: el Accutron funcionaba con pila. Una pila. Que alguien me explique cómo se cambia una pila a 400 kilómetros de altura, con guantes de traje espacial, mientras orbitas el planeta a 28.000 kilómetros por hora. La NASA no buscaba el reloj más exacto del laboratorio. Buscaba el que no te deja tirado jamás, porque allí arriba no hay una relojería a la que bajar corriendo. Ganó la fiabilidad bruta sobre la tecnología punta. Como casi siempre, por cierto.
Ahora bien, lo de llamar a esto “guerra fría” es exagerado, y lo digo yo que he puesto el titular. No hubo trincheras ni campañas de desprestigio. Muchos astronautas llevaban los dos relojes a la vez, uno en cada muñeca – el Omega como equipo oficial, el Bulova como reloj personal de precisión, a menudo con GMT para tener la hora de Houston sin echar cuentas. Ni siquiera competían por el mismo sitio. Competían por una certificación en un papel.


Pero llegamos al remate, y es tan bueno que debería estar grabado en la puerta de cada boutique de Omega.
Apollo 15. El comandante David Scott tiene un problema con el cristal de su Speedmaster durante la misión. Así que se pone el reloj que se había comprado él, de su bolsillo, sin que nadie se lo aprobara: un Bulova Lunar Pilot. Y con ese baja a la superficie lunar.
Es decir: el único reloj de propiedad privada que ha pisado otro cuerpo celeste no era el que la NASA había certificado. Era el que un astronauta se compró porque, llegado el momento, se fiaba más de él.
Así que sí, señor dependiente, el Speedmaster llegó a la Luna. También llegó el otro. Y el otro llegó porque el vuestro se rompió.