El crepúsculo de los dioses: Universal Geneve

Por @tuchrono

Durante décadas, la sede de Universal Genève estuvo entre la de Rolex y la de Patek Philippe. No cerca. No en el mismo barrio. En medio.

Como el hermano mediano de una familia que acabó dando dos premios Nobel y encima, nadie se acuerda de su nombre.

Y lo tremendo es que el hermano mediano era el que innovaba.

Porque ese es el patrón de toda esta historia, y conviene pillarlo pronto: Universal Genève se pasó setenta años llegando primero, donde luego se hicieron ricos otros. En 1917 se le atribuye el primer cronógrafo de pulsera de la historia, en un momento en que medio planeta necesitaba tres manos y un chaleco para saber qué hora era.


En los cincuenta y sesenta hizo el Tri-Compax y el Polerouter, dos relojes por los que hoy se pelean los coleccionistas.

Pero el caso que mejor resume a esta marca es el microrrotor. En 1955 Universal desarrolla la idea preciosa de meter la masa oscilante dentro del movimiento en lugar de encima, para que el reloj quede plano como un folio. Problema: Büren tuvo la misma idea prácticamente a la vez, y fue Büren quien se quedó con la patente. Resultado: Universal acabó teniendo que negociar la licencia de un invento que era tan suyo como del otro. Es decir, pagando por usar su propia idea. Si alguien quiere entender por qué esta marca no acabó siendo Patek Philippe, la respuesta cabe entera en esa frase.

Así que llegamos a la pregunta obvia: ¿cómo se cae desde ahí? Y aquí es donde casi todo el mundo que cuenta esta historia la cuenta mal.

Lo fácil es decir “murió por la crisis del cuarzo, como todos”. Es cómodo, es limpio y es mentira. Universal Genève no murió por ignorar el cuarzo. Murió por hacer exactamente lo contrario.

En 1966 la compra Bulova. Sí, esa Bulova, la del Accutron. Y entonces hacen lo que cualquier manual de gestión les habría aplaudido: mientras media Suiza miraba el cuarzo japonés acercarse como quien ve venir un meteorito y decide no moverse, Universal se puso las pilas – nunca mejor dicho. Metieron movimientos de diapasón de Bulova en sus relojes, sacaron el Unisonic en 1968, desarrollaron calibres electrónicos propios y reorientaron el negocio hacia Asia, que era justo de donde venía el golpe. Punto por punto, lo que un consultor les habría cobrado una fortuna por recomendar.

Y se hundieron igual.

Por dos motivos que ninguna estrategia arregla. El primero es aritmética: una estructura suiza no puede competir en precio contra el cuarzo asiático ni queriendo. El segundo es más cruel, y es el que de verdad importa: al llenar el catálogo de electrónica y de diapasones que ni siquiera eran suyos, dejaron de ser Universal Genève. Se cargaron el motivo por el que alguien les compraba un reloj a ellos y no a otro. Se disfrazaron de otra cosa para sobrevivir, y lo que murió fue el disfraz con ellos dentro.

En 1983 la fábrica de Ginebra estaba en quiebra. En 1989, lo que quedaba – el nombre y el archivo, poco más – acabó en una holding de inversión de Hong Kong. Noventa y cinco años de relojería ginebrina convertidos en una línea de un balance.

Y aquí entra el reloj que tengo delante. Referencia 542.101, calibre 1-42 de cuerda manual, 33 milímetros, esfera champán con romanos negros. Un dress watch de los setenta, pequeño, discreto, perfectamente hecho. No es un Polerouter ni un Tri-Compax: no es un reloj del apogeo. Es un reloj del principio del fin, fabricado con el mismo cuidado de siempre por gente que no tenía ni idea de que la marca no iba a llegar viva a los noventa.

Eso es lo que me fascina de esta pieza. La gloria la cuenta cualquiera. Este te cuenta algo mucho más incómodo: que puedes hacerlo todo bien, seguir puliendo cada eslabón con el mismo mimo de siempre, y estar fabricando los últimos objetos de una empresa que ya ha empezado a morirse sin saberlo.

Nadie en esa fábrica estaba haciendo un mal trabajo. Simplemente estaban haciendo el último reloj de una era…