Por @tuchrono
Hay inventos que fracasan por adelantarse a su tiempo, y otros que fracasan simplemente porque los hizo la persona equivocada. El bonklip es de los segundos, y su historia demuestra algo que en relojería se olvida constantemente: la buena idea no siempre gana. Gana quien sabe fabricarla barata.
Todo arranca en 1929, en Nueva Jersey, con un joyero llamado Walter Krementz que patenta un brazalete que se ajusta solo, sin tener que quitar eslabones — un velcro metálico, décadas antes de que existiera el velcro.

Sobre el papel es brillante. En la práctica, es un fracaso comercial casi inmediato. Demasiado caro, demasiado joyero, demasiado poco pensado para el bolsillo de la gente normal.
Y aquí es donde la historia da su primer giro, porque un año después, en Birmingham, un fabricante de mecheros —no un relojero, no un joyero, un tío que hacía mecheros— coge la misma idea y la rehace en acero inoxidable barato. Le pone un nombre que suena a marca de galletas: Bonklip. Bamboo clip. Y ese sí funciona, porque resulta que el mercado no quería la versión elegante de la idea. Quería la versión que se pudiera fabricar en cadena.
Lo que viene después es de esas cosas que descubres y te hacen mirar dos veces la pantalla. Antes del Jubilee. Antes del Oyster de toda la vida, el que hoy es sinónimo de Rolex hasta el punto de que la gente lo da por hecho como si hubiera nacido con la marca. Rolex vendía sus relojes de los años 30 con esto. Con un brazalete diseñado por un fabricante de mecheros de Birmingham.

El bonklip fue la opción de brazalete de Rolex antes de que Rolex tuviera brazalete propio. Que la corona más aspiracional del planeta empezara su vida colgada de un invento de mechero es el tipo de detalle que ningún departamento de marketing querría que se supiera.
Gay Frères, el fabricante en la sombra que después se convertiría en el gigante detrás de medio brazalete de acero suizo del siglo XX, llegó a producir cientos de unidades diarias en plena Segunda Guerra Mundial. Y luego, cuando la guerra terminó, el bonklip vivió su verdadero momento de gloria: los años 50 y 60, en la muñeca de los pilotos de la RAF, sujetando uno de los mejores relojes de navegación jamás construidos, el Mark XI, fabricado indistintamente por IWC y Jaeger-LeCoultre. Ahí es donde el brazalete de mechero se codea con la aristocracia relojera y nadie se ríe.

La patente caducó en 1950 y, como pasa siempre que caduca algo bueno, el mundo entero se puso a copiarlo sin pedir permiso. Y en los años 70, el propio ejército británico —el mismo que lo había convertido en leyenda— lo jubiló sin ceremonia. ¿El motivo? Le pusieron encima una correa de nylon. Ese invento, mucho menos elegante y mucho más barato, acabó llamándose NATO.

Así que ahí lo tenéis: el bonklip es el abuelo olvidado de la correa que hoy lleva medio internet, la misma que veis en cada foto de Instagram de alguien presumiendo de Speedmaster. Nadie le da las gracias. Nadie sabe que existe. Y sin embargo yo lo encontré hace poco en una subasta de internet, revuelto entre gafas de sol rotas y llaves sin cerradura, por cuatro perras.
Cuatro duros por el fantasma de un fabricante de mecheros que, sin saberlo, le puso el brazalete a media aviación británica antes de que nadie se acordara de su nombre.
Cosas que solo pasan en el mundo de los relojes.