El Seamaster de antes de que el Seamaster fuera el Seamaster

Por @tuchrono

Hay un momento, cuando te llega un paquete desde el otro lado del Atlántico, en el que dudas de todo. Del vendedor, de la aduana, de ti mismo por haber pagado por adelantado algo que solo habías visto en tres fotos borrosas de WhatsApp. Ya me pasó una vez con el Chronostop. Y volvió a pasarme con este.
Lo abrí esperando encontrarme una decepción cara. Me encontré un Omega Seamaster de 1952, con una esfera negra honeycomb que parece tallada en un panal de abejas de otro planeta, y una caja bicolor con asas de oro que brillaba de una forma que ninguna foto de WhatsApp le había hecho justicia. Ahí estaba, el reloj del señor con gusto de los años 50, viajando en avión desde Colombia hasta un piso en Madrid como si fuera lo más normal del mundo.


Porque eso es lo primero que hay que entender del Seamaster: en 1952 todavía no era el reloj de buzo que todos tenéis en la cabeza. Eso vendría después, con las hélices y el mar y James Bond. En 1952, el Seamaster tenía cuatro años de vida — nació en el 48, para el centenario de Omega — y su gran truco no era bajar a 200 metros. Era mucho más discreto que eso: una junta de goma. Sí, una gasket. Antes, los relojes se sellaban con plomo o corcho, que funcionaban más o menos como un paraguas hecho de papel. Omega metió goma donde antes había plomo, y de repente tenías un reloj elegante que también aguantaba la vida real. La revolución, a veces, cabe en una junta de dos milímetros.


Le di la vuelta al reloj, como hago siempre, buscando esa conversación silenciosa que tienen la esfera, el fondo y el movimiento cuando el reloj es original. Y aquí es donde Omega, sin saberlo, me dejó un jeroglífico precioso: C 2677-3 SC. Cada letra cuenta algo. La C dice de qué caja estamos hablando — bicolor, en este caso. El 2677 es el apellido de esa caja, su forma, su perfil, compartido con toda una familia de referencias de finales de los 40. El -3 delata quién la fabricó, porque Omega no hacía sus cajas en casa, sino que las encargaba fuera, y ese número es la firma del proveedor. Y el SC final — Seconde au Centre — es lo más sencillo de todo: te está diciendo que el segundero vive en el centro de la esfera, no escondido en un subesfera pequeña. Cuatro caracteres, y ya sabes casi todo lo que necesitas saber del reloj antes de abrirlo.

Y cuando lo abres, la historia sigue cuadrando. El fondo dice AUTOMATIC junto al ACIER STAYBRITE — el acero bueno, el que no se manchaba, hecho con una aleación inglesa que a los suizos les debió de hacer bastante gracia tener que comprar fuera. Dentro, un calibre bumper de la serie 350, ese mecanismo que en vez de girar en redondo golpea de un lado a otro como un boxeador borracho contra las cuerdas. Segundero central en la esfera. SC en el fondo. Automático en el fondo. Automático dentro. Todo dice lo mismo. Nadie miente en esta historia.

Y esa es, creo, la razón real por la que este Seamaster me gusta tanto más que otros relojes que tengo y que probablemente valen más dinero. No es la esfera honeycomb, aunque sea una pasada verla cambiar de textura con la luz. No es la caja bicolor, aunque el oro esté puesto con el gusto de alguien que no tenía que demostrar nada. Es que cuando le preguntas algo al reloj, te contesta lo mismo por todos lados. En un mundo de relojes Frankenstein, de esferas repintadas y movimientos que no coinciden con la caja que los envuelve, encontrarte uno que no tiene nada que esconder es casi sospechoso. Casi te hace desconfiar más, no menos.
Llegó de Colombia envuelto en dudas, como llegó el Chronostop. Y como el Chronostop, se quedó con las dudas resueltas y un sitio fijo en la vitrina
Porque al final resulta que lo raro no es encontrar un reloj bonito de 1952. Lo raro es encontrar uno que no tenga nada que ocultar.