Entrevista

Comprando una obsesión

Por @mihistoriarelojera

Llevo años intentando explicarle a la gente a mi alrededor que no es aficionada a la relojería por qué un reloj puede costar lo que cuesta un apartamento o un auto y durante mucho tiempo, no podía explicarlo con la precisión que deseaba.

Hasta que caí en cuenta de algo: un reloj de alta relojería no es solo un producto, es la evidencia física de que alguien dedicó años, décadas o a veces una vida entera a perfeccionar una sola cosa.

Pensemos por ejemplo en lo que implica fabricar un turbillón, un mecanismo diseñado para compensar los efectos de la gravedad sobre la precisión del reloj, un problema que en la actualidad, con el cuarzo y el GPS, técnicamente ya no existe, sin embargo, hay relojeros que siguen dedicando meses a construir uno a mano, con piezas que pesan menos de un gramo, porque la dificultad de hacerlo bien se convirtió en su razón de ser.

Eso no es funcionalidad, es obsesión.

Y eso se repite en cada rincón de la alta relojería, como el pulido de Audemars Piguet que alterna superficies mate y espejo en ángulos de fracciones de milímetro, los esmaltados de Patek Philippe que requieren hornear la esfera varias veces a temperaturas exactas para lograr un color que no se puede reproducir industrialmente o los grabados de Jaeger-LeCoultre hechos con herramientas tan finas que el relojero trabaja bajo microscopio durante semanas.

Nadie hace eso porque sea necesario, lo hacen porque no conciben hacerlo de otra manera.

Y creo que ahí está la respuesta que siempre busqué, cuando alguien me pregunte por qué un reloj puede llegar a valer tanto, mi respuesta honesta será: porque estás pagando el precio de la obsesión de alguien, estás comprando las horas que esa persona no durmió pensando en cómo hacerlo mejor hasta lograrlo, estás comprando una escala de valores en la que “suficientemente bueno” simplemente no existe.

Eso es algo que la modernidad produce cada vez menos, vivimos en la era de lo suficiente, de lo eficiente, de lo escalable, la mayoría de las cosas que consumimos fueron diseñadas para ser producidas rápido, vendidas rápido y reemplazadas rápido.

Un reloj debe ser exactamente lo contrario, un objeto que desafíe la lógica del consumo moderno con cada pieza que lo compone.

Y tal vez por eso sigue enamorando, no a pesar de ser innecesario, sino precisamente por serlo.