El Origen de la Relojería | Cultura de Relojes - Cultura de Relojes

El Origen de la Relojería | Cultura de Relojes

Por @vic.swissmade

1. Los primeros intentos: sombra y agua

La necesidad de medir el tiempo no nació de la curiosidad filosófica, sino de la necesidad: saber cuándo plantar, cuando rezar, cuando relevar la guardia nocturna. Las grandes civilizaciones de Mesopotamia, Egipto y China comenzaron a formalizar esta necesidad hace unos 5.000 a 6.000 años, cuando sus burocracias, religiones y ejércitos exigieron una coordinación más precisa de la vida cotidiana.

El primer instrumento fue el obelisco en Egipto, su sombra en movimiento permitía distinguir la mañana de la tarde e identificar los solsticios. Sobre el 1500 a.C., los egipcios refinaron esta idea con el reloj de sombra en T, capaz de dividir el día en 10 partes más dos horas crepusculares. Por la noche, recurrieron al Merkhet, un instrumento astronómico que alineado con la Estrella Polar permitía medir las horas nocturnas siguiendo el movimiento de ciertas estrellas.

El uso del Merkhet en el Antiguo Egipto.

Para cuando no había sol, se inventó el reloj de agua. Consistía en un recipiente de piedra con orificios que drenaba a ritmo constante, las marcas interiores indicaban el paso de las horas. 

2. Por qué 60 segundos, 60 minutos y 24 horas

Esta es quizá la pregunta más fascinante de toda la historia de la relojería, y su respuesta nos lleva a una civilización desaparecida hace más de 4.000 años: los sumerios de Mesopotamia (actual Irak).

El sistema sexagesimal 

Los sumerios desarrollaron un sistema numérico de base 60 (sexagesimal). La razón exacta se desconoce, pero la matemática lo demuestra ya que el numero 60 es divisible exactamente por 1, 2, 3, 4, 5, 6, 10, 12, 15, 20 y 30. Es el número más pequeño divisible por todos los enteros del 1 al 6. Para una civilización sin calculadoras ni decimales, trabajar con fracciones era fundamental, y el 60 las simplificaba al máximo. Los babilonios heredaron y perfeccionaron este sistema hacia el 2000 a.C., aplicándolo a la astronomía y la geometría. Dividieron el circulo en 360 grados (6 x 60), lo que encajaba además con su estimación de que el año tenía 360 días. Esta herencia matemática es la razón directa de que hoy un reloj tenga 60 segundos por minuto y 60 minutos por hora.

Las 24 horas: herencia egipcia y griega

El numero 24 tiene un origen distinto. Los egipcios usaban el sistema duodecimal (base 12), probablemente porque un dedo puede contar 12 falanges usando el pulgar como guía. Dividieron el día iluminado en 12 partes y la noche en otras 12, lo que daba un ciclo de 24 unidades. Pero había un problema: estas horas no tenían longitud fija ya que en verano las horas diurnas eran más largas y en invierno más cortas. 

3. El nacimiento del reloj mecánico

El salto cualitativo definitivo llego en Europa hacia el año 1300, con la invención del escape de foliot y verga, el primer mecanismo capaz de regular el movimiento de un tren de engranajes mediante impulsos. Los primeros relojes mecánicos eran torres monumentales, con errores de hasta 15 minutos diarios, sin minutero y sin segundero, eran demasiado imprecisos para ser utilizados. Pero el principio estaba establecido: un peso en caída libre, frenado por un oscilador mecánico, podía medir el tiempo de forma autónoma.

En 1583, Galileo Galilei observo en la catedral de Pisa el balanceo de una lampara colgante y descubrió el isocronismo del péndulo: un péndulo de longitud fija tarda siempre el mismo tiempo en oscilar, independientemente de la amplitud del balanceo. Concibió un reloj de péndulo en 1637, pero nunca lo construyó. En 1656, se tomó ese principio y construyo el primer reloj de péndulo funcional. El resultado fue revolucionario: el error diario bajo de 15 minutos a apenas 15 segundos, una mejora de 60 veces en precisión. 

4. De la torre a la muñeca

El siglo XIX trajo la industrialización de la relojería, con Suiza como epicentro. El Valle de Joux y La Chaux-de-Fonds se convirtieron en la capital mundial del reloj de precisión. El reloj de pulsera, antes considerado un capricho femenino, se convirtió en objeto universal durante la Primera Guerra Mundial, cuando los soldados necesitaban consultar la hora sin soltar las armas. 

El siglo XX trajo dos revoluciones más: el reloj de cuarzo (1969, Seiko Astron), que redujo el error diario a fracciones de segundo mediante la vibración piezoeléctrica de un cristal, y el reloj atómico (1955, Louis Essen), que mide el tiempo con la frecuencia de resonancia del átomo de cesio-133 y comete un error de un segundo cada 300 millones de años. Hoy, el Tiempo Universal Coordinado (UTC) que rige todos los relojes del mundo se basa en una red de 400 relojes atómicos distribuidos en 50 países.

Desde los obeliscos egipcios hasta el átomo de cesio, todo esto es, en esencia, la historia de la humanidad persiguiendo con creciente obsesión una cosa imposible de ver, tocar o detener: el tiempo.

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