Por @tuchrono
Hace unos meses encontré en un rastro de Madrid una pareja de relojes que claramente habían llegado juntos a algún cajón hacía treinta años y de ahí no se habían movido: uno de mujer, con un brazalete ondulado que parecía sacado de un Cadillac del 85, y uno de hombre, más discreto pero con el mismo ADN de diseño. El vendedor los quería vender juntos, como se habían comprado. Me pareció bien. Algunas cosas no deberían separarse ni siquiera para hacer caja.

Los dos eran Ebel, marca que hasta ese día yo solo conocía de pasada, como esos apellidos que reconoces pero no sabrías situar en ningún árbol genealógico. Y aquí es donde la cosa se pone interesante, porque investigar sobre Ebel es como tirar de un hilo y descubrir que el jersey entero lo tejió alguien mucho más importante de lo que pensabas.
Todo empieza en 1911, en La Chaux-de-Fonds, con un matrimonio — Eugène Blum y Alice Lévy — que tuvo la genial idea de coger sus propios apellidos y fusionarlos para bautizar la marca. Nada de nombres inventados ni fantasías de marketing: Ebel es, literalmente, “Eugène Blum et Lévy” comprimido. Practicidad suiza desde el minuto uno.

La cosa se puso seria de verdad en los 80, cuando la familia (ya con el nieto, Pierre-Alain, al mando) multiplicó la facturación por cuarenta en una sola década. Para que os hagáis una idea de la escala: estamos hablando de una de las cinco casas suizas más importantes del momento, con una calidad de movimientos de cuarzo tan alta que Cartier — sí, ese Cartier — les encargaba los suyos porque no le salía a cuenta hacerlos mejor por su cuenta. Imaginad la escena: los relojeros de Cartier llamando a la puerta de Ebel como quien pide que le hagan los deberes.
Pero el titular de verdad, el que debería estar grabado a fuego en cualquier tienda que venda Ebel, es este: cuando nadie quería tocar el calibre El Primero de Zenith porque la crisis del cuarzo lo había dado por muerto, fue Ebel quien lo mantuvo con vida. Ese mismo movimiento acabaría, años después, dentro del Rolex Daytona automático. Así que la próxima vez que alguien haga cola tres años para comprarse un Daytona, que sepa que le debe una cerveza a una marca que hoy se encuentra tirada en Wallapop por el precio de una buena correa.
Porque ahí está la parte triste de la historia, y es donde se me revuelve un poco la sangre. Ebel pasó de mano en mano — LVMH primero, y a finales de 2003 el Grupo Movado se la quedó por 62,2 millones de dólares — y lo que antes era una manufactura con movimientos propios y contratos con Cartier hoy monta calibres Sellita y Ronda, los mismos que lleva media relojería genérica del mercado. Es como comprar la editorial de un premio Nobel y dedicarla a imprimir horóscopos.

Y lo más triste de todo no es que hayan bajado de categoría. Es que casi nadie se ha dado cuenta, porque casi nadie se acuerda de que la categoría existió. Mientras escribo esto llevo puesto el de hombre, y el peso del brazalete y el pulido de los eslabones tienen un nivel de manufactura que hoy no encuentras ni de lejos en ese rango de precio — precisamente porque nadie sabe que debería pagar por él.
El de mujer se queda en la vitrina, esperando a alguien que sepa lo que tiene en la muñeca. Que no seré yo quien se lo explique gratis en un rastro.